Cofre arcaico

El cofre arcaico contiene títulos de obras que Pablo Mele decidió inservibles. No obstante “Con el mate lleno” considera que esa decisión está en manos de los lectores. Por ello, en este cofre encontrarán títulos diseminados con su año de concepción y alguna descripción sobre su carácter. Eventualmente aparecerá uno que otro texto completo, a pedido del público o por nuestra unilateral voluntad.

Autor (canción-1997)     es un día de perros (poema- 1998 

Fuero íntimo (poema en columnas- 2004)

Señalarte (canción-1997)  Tus piernas (2004)  Si la soledad (canción -1999)

Por qué no envidiar a los mendigos,

y acudir a las fiestas de los muertos.

Por qué no caminar siempre sin tigo

y contemplar con, de los dos, el ojo tuerto.

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Por qué no recordar a los fracasos

y vivar el regreso del segundo.

Por qué no marcar todos los mazos.

Por qué no vivir fuera del mundo.

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Por qué no admirar a los rotosos,

quebrados, y rastreros perdedores.

Por qué no se toman por esposos

el agua, el aceite y los sudores.

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Me muero por besarte entre las piernas

que ríen del sol y que lo apocan.

Te cambio lo forzoso de mi ausencia

por la esquina más siniestra de tu boca.

Soledad nocturna (poema-2003)  Suspirando sonetos (poema-2004) 

En vano (Poema-2003) Amorado (canción-2004)  Culpable (cuento- 2002)  

Ladrón de sueños (cuento-1999)

El principito (cuento-2000)      La historia (cuento-2000)

Lo fatal (2001)

 El destino, es el futuro que fatalmente sucede. Existe también el contradestino, que es el futuro que sucede, pero no fatalmente. Es decir, el hombre está por suceder siempre, su ser acaece por dos mitades. Una mitad está destinada a suceder, no hay forma de escapar; por más que nos quedemos sentados en nuestra casa tropezaremos con una piedra si así lo ha dispuesto la naturaleza. Hablamos pues, de un acontecer forzoso.

La otra mitad depende del ejercicio que el hombre haga de su libertad. Es una operación residual: Todo aquello que no está previsto por la fatalidad, lo prevé el hombre a cada paso que da. Digamos entonces, un acontecer libre.

La mitad del actuar del hombre es libre; la otra mitad es forzosa.

Cuando la soberbia del hombre y el consuetudinario desatino de su ser pretenden hacer uso de su libertad para burlar al destino o cambiarlo para beneficio propio, ocurren irremediables desgracias.

Un rey persa supo que el destino le deparaba una mordedura de serpiente bajo un sol radiante. Lo supo a instancias del mago de la corte. Permaneció el rey entonces, cinco lustros encerrado en su palacio sin ver la luz del sol. Una noche, mientras dormía, se metió por bajo la puerta de la habitación real una serpiente y lo mordió en el talón. El rey murió esa misma noche. Mientras agonizaba, vio en el techo la siguiente leyenda: “Un sol radiante”.  Nuestro rey pudo saber algo de la mitad forzosa de su acontecer y desaprovechó su mitad libre encerrado por años en su castillo, tratando de evitar lo inevitable.

Lo precedente me lleva a referirles la historia de Hans Möler, ser desafortunado si los hay. Los hechos acontecieron en Tacuarembó, ciudad del departamento Tacuarembó de la  República Oriental del Uruguay.

Nuestro personaje visitó en los primeros días de Febrero de 1983 a una de esas personas que poseen la infame facultad de conocer parte del acontecer forzoso de las demás personas, y la no menos infame actitud de lucrar comunicando a sus semejantes esos conocimientos del porvenir, adquiridos vaya a saber por qué mecanismo cósmico. Llámele el lector adivina, bruja, vidente, futuróloga, gitana, manosanta o lo que fuere. Para ayudar al relato, yo le llamaré en lo subsiguiente adivina.

La adivina le predijo literalmente a Möler: “Matarás a T. G.”

Hans, fiel a su escepticismo ario, salió a las calles sonriente y despreocupado, tomó un helado y caminó hasta su departamento.

Sobre el camino que va de la  heladería a su departamento, pensó que mejor era llegar a la casa de Tatiana. Tatiana García era una deliciosa uruguayita de padre uruguayo y madre bielorrusa, que andaba en amoríos con Hans.

Como habrá notado el lector, las iniciales de la referida moza no son otras que T y G. Pues esta circunstancia no pasó desapercibida por la mente  de Hans, pero le dio a la cuestión poca importancia. Sabía Möler que si había alguien para matar, no era justamente Tatiana, de quien estaba enamoradamente perdido. Pasó la noche con su mujercita y a la madrugada retornó a su hogar adormilado en caricias y besos.

Llegó a su casa empapado por una sorpresiva tormenta rioplatense. Hacía seguramente mucho calor, por lo que la decisión de dormir desnudo no parecía un desatino. Leyó algo de Heidegger, desanduvo con la mente las curvas de Tatiana y sonrió burlón hasta que el sueño terminó por aplastarlo boca abajo contra la sábana celeste, acompañado por el perezoso ruido del ventilador, que no hacía otra cosa que mal imitar a la lluvia.

Los sueños poseen ingredientes de realidad y fantasía, que hacen que la más inobjetable absurdez, se asemeje a la más pura dialéctica. Muy poco saben los sueños de causas y efectos. Sin embargo, mientras soñamos,  no renegamos de las desconexiones lógicas que pretendemos refutar en despiertos.

Hans vio mientras dormía a la enorme cara de la adivina repitiendo: “Matarás a T. G.”. Seguidamente se encontró con un cuchillo tirado en la calle que tenía una inscripción árabe, y poco después estaba apuñalando a Tatiana… pero entonces despertó, y descubrió sentada en el piano a la misma Tatiana interpretando mediocremente a Liszt. Eran cerca de las tres de la tarde.

Optó por no contar a Tatiana ni la premonición de la adivina, ni el sueño que acababa de tener, explicando, con nerviosas evasivas, la cara pálida, la transpiración helada, y el grito que había pegado al despertar.

Tatiana, en una actitud de novia, le convidó a Möler de un paseo por la plaza Lavalleja. Salieron del departamento y Hans aceptó la promesa de su chica de entregarle un regalo apenas volvieran de la caminata.

Disfrutaron no de mala manera el caminar abrazados pisando el cemento calentado por el sol. Por un momento Hans no recordó su sueño… por un momento. Sentados estaban en la hierba, cuando por el camino de baldosas que atraviesa a la plaza por su diagonal, una mujer morena saludó con la mano a Möler, que tardó en reconocer a la adivina que un día atrás le había asegurado, a más de cuarenta cuadras de la plaza Lavalleja, que mataría a T. G.

¿Qué hacía por esa parte de la ciudad la adivina?… Pensó Möler que si el sueño había sido una señal de algo, verla a la adivina tan lejos de su hábitat era tal vez otra. Cada momento que intentaba hacerlo olvidar, era desbaratado por una súbita circunstancia que no quería que evite lo que el destino le  deparaba: “matar a Tatiana.”

Se levantó pensativo. Tatiana, sin entenderlo demasiado, lo acompañó a recorrer las veredas hasta llegar, casi sin emitir sonidos, hasta el departamento de Hans.

Cuando llegaron a la puerta del departamento, Tatiana le entregó un paquete que contenía el obsequio prometido y Hans la despidió besándola en la frente, diciéndole que prefería en esos momentos no estar acompañado, y prometiéndole para un después, explicaciones de su comportamiento.

Los obsequios de Tatiana siempre fueron para Hans una sorpresa hasta el último momento del ritual de abrir paquetes. Ella tenía el don de recordarle a cada momento la posesión vitalicia de la especie humana de la capacidad de asombro. Entusiasmado por tal circunstancia, prefirió dejar el paquete cerrado sobre la mesa de luz, y realizar toda actividad que pudiere hacer antes de abrirlo, con el fin de potenciar la intriga, y postergar la emoción.

Mientras tomaba unos mates agarró el diario y leyó los títulos. Leyó sólo los títulos, pues la concentración era harto difícil cuando a cada instante se le cruzaba parte del sueño por el pensamiento. Tuvo que sacar la basura. Pensó que no era buen momento para leer nada de su biblioteca (por cierto, había leído ya dos veces, los ciento cuarenta y tantos libros que contenía).

Su nerviosismo iba en aumento, la ducha fría no cambió en nada la situación, mucho menos pudieron hacer las frustradas llamadas a su mejor amigo que seguramente había salido del país porque así lo hacía asiduamente. Tuvo miedo, cada vez más, sintió terror… entró en su pieza y vio el paquete. Por un segundo y no más se alivió, pensando que el regalo era una buena válvula de escape.

Se acercó a la mesa de luz, se sentó en la cama y, tembloroso, fue quitando el papel envolvedor hasta que… horrorizado, vio que el regalo no era otra cosa que un cuchillo de plata de colección con una inscripción árabe. No tuvo otra reacción que la que le dictaba el espanto, y arrojó con vehemencia el arma que, luego de rebotar en la pared, quedó incrustada en el taburete del piano.

Se paró desesperado, salió al balcón y estuvo a punto de saltar, pero la brisa nocturna y mediterránea lo distrajo, lo conquistó y lo convenció de seguir viviendo.

Eran las diez de la noche, no quería comer, tampoco quería salir, ni menos acostarse, pero esta última opción era la que más se adecuaba a la realidad temporal y espacial en que estaba envuelto. Se acostó sin correr las sábanas y suspendió su acostumbrada lectura nocturna.

La imaginación le proponía en la penumbra las más inverosímiles figuras de la muerte,  figuras que sólo vemos los vivos, pues los muertos nada pueden ver. Möler sentía cada vez más profundo un sentimiento de culpa por negarse a hacer lo que le tocaba hacer. Recordó y desmenuzó una a una las señales: El sueño; la adivina en plaza Lavalleja; el cuchillo de regalo; y el mismo cuchillo que se clava en el taburete que sólo usaba Tatiana.

Primero se sentó en la cama y pensó que, si en algún lado estaba escrito que debía dar muerte a Tatiana García, no le correspondía a él decidir en contrario y, la madrugada que avanzaba como un búfalo furioso, no podía ser mejor momento para cumplir con su destino. Además, ¿por qué no hacerlo lo antes posible y arrancar de raíz la preocupación que lo condenaba a la paranoia?

 Entonces Hans se levantó, sacó no con mucho esfuerzo el cuchillo del taburete, tomó un vaso de leche y bajó por las escaleras. Caminó por las calles desiertas, el viento húmedo le acariciaba los brazos y la cara, el poco cabello frontal acompañaba al viento en un danzar constante. No estaba nervioso, la decisión tomada era la correcta, y matar a Tatiana era una necesidad, a esta altura de la madrugada, casi biológica.

Llegó a la puerta, aún sin poder comprobarlo visualmente, se sabía pálido. Golpeó las manos. Atendió Tatiana en un camisón color blanco inolvidable. No sin expresar su sorpresa lo hizo pasar y le mostró su espalda. El escote del camisón terminaba en un vértice que llamaba al asesino a asestar la oportuna puñalada que terminó con la vida de Tatiana.

Möler salió feliz. Apenas le dio importancia a la mano manchada de sangre y se la enjuagó en el agua de la cuneta. Corrió contra el viento hasta su casa. Ahora sí sacó las sábanas y durmió tranquilo. Eran las cinco de la mañana.

Durmió cerca de doce horas. El calor terminó por cortar sus últimas vueltas en la cama. Sólo después de comer algo recordó los sucesos de la madrugada pasada. Presumió entonces que todo no terminaba ahí, pues la policía lo detendría tarde o temprano. Decidió entonces que lo mejor era confesar lo sucedido y entregarse sin más oposición que el miedo que le infundía la posibilidad de estar tras las rejas por el resto de sus días, posibilidad que sabía cierta gracias a los conocimientos adquiridos en su juventud en derecho penal uruguayo.

Demoró cuatro horas bajo una ducha fría que le hizo recordar sus viejos deseos de conocer Montevideo, ciudad que no había tenido oportunidad de ver en treinta años de vida.

Se vistió con lo mejor que tenía, se aseguró tener los papeles del auto en regla y arrancó hacia el sur.

No andaba rápido, pues reconocía su falta de destreza al frente de un volante; además no estaba huyendo de nada sino, sólo postergando la efectividad de la justicia para cuando volviera de la capital.

La noche no era muy oscura, la luna llena colaboraba con los faros de los automóviles. Cuando cruzó el río Negro, entrando en Damasco, recordó sus lecturas sobre los cainitas, miembros de una secta que justificaban al Caín del antiguo testamento, por haberle tocado por designio divino ser, de los hermanos, el malo. Encontró en ese razonamiento la justificación de su homicidio y se sintió bien.

Con las primeras luces de la madrugada entró en Canelones. A doscientos metros aproximadamente, divisó una silueta inmóvil. Tuvo tiempo para creer que no era nada, pero no tuvo tiempo para frenar cuando tuvo el bulto demasiado cerca y con el auto lo embistió violentamente.

Detuvo el móvil, descendió, renegó de su suerte, y sacó de la ruta al ternero gris que  quedó muerto, recostado en la banquina.    

 

5 respuestas a esta entrada.

  1. Publicado por Mirta Lizondo en julio 29, 2010 at 6:11 pm

    Espectacular

    Responder

  2. hermano hermano…. muchas gracias Sra. Mirta

    Responder

  3. Publicado por Mela en agosto 21, 2010 at 7:48 pm

    Mel! siempre me encantó este cuento!!!!!! que bueno volver a leerlo!!!!

    Responder

  4. Publicado por Fátima Valenzuela en abril 4, 2011 at 5:22 pm

    Querido Pablo, estoy sorprendida no tenia idea de los lindo que escribes, te felicito por el blog, la verdad “maravilloso”.

    Responder

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