¡Ay!, ¡quién fuese abrigo pa´ andar contigo!
Frente a sus obligaciones laborales en las oficinas de la municipalidad, Mercedes se mostraba ansiosa, responsable, eficiente y extrañamente cumplidora. Eso resultó pésimo.
Lo demás estaba bien: se sonreía en forma cristalina, agarraba la tasa de café con las dos manos blancas de dedos cortos y rellenitos, revisaba el papelerío con la parte de atrás de la lapicera sujetada con los labios; hacía una mueca de vaivén de boca cuando se le preguntaba algo que le exigía un esfuerzo de memoria, se manifestaba encantadoramente nerviosa cuando no podía resolver algo con premura y limpiaba el parabrisas de los aires bajos con un acelerado sacudir de su pie derecho. Su peinado no muy riguroso de estrictas siete treinta, terminaba por convertirse en tormentoso rodete acribillado por un lápiz negro a eso de las once. Y los ojos veinteañeros en esa humanidad con diez años más fomentaban la sonrisa educada del perdido Martín.
El perdido Martín era viudo desde los veintiséis. Secretario y chico de los mandados de un estudio contable por imposición hereditaria, tenía el espíritu lánguido y, por ello, vivía sin mayores expectativas.
Lamentablemente no sólo era viudo desde los veintiséis sino que además era reincidente de matrimonio a los cuarenta. ¿Que qué había sido peor? Rebelarse por única vez en su vida de la atmósfera progenitora para casarse con la extinta y matemática María Elena o sucumbir ante los nulos encantos de su novia de la niñez que, excelente profesional del derecho, con prominentes erupciones en la cara y vista escasa a pesar de los anteojos se dejaba llamar, sin pudor alguno, Ester.
Martín, con el alma en mal estado y flatulenta no esperaba ni siquiera la muerte. Su rebeldía de veintitrés años había resultado equivocada e infructuosa y, cuando un aneurisma milagroso había acabado con la totalitaria María Elena, la Demagogia familiar, la tiranía disfrazada de democracia de Ester y la debilidad popular de su esencia lo habían hecho caer en este nuevo régimen igual que el anterior, que el anterior y que el anterior. Este Estado Latinoamericano que era Martín no esperaba la muerte ni estaba preparado para morir. Sólo se le permitía ver pasar sus días en manos de ajenos y estar a merced de un milagro. Pero no como el asesino aneurisma (sólo un golpe de suerte), sino un milagro de verdad. Un milagro liberador pero a la vez fortalecedor de su espíritu pueblo: una revolución.
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Ester cuidaba todo el tiempo de su esterilidad y su frigidez entre cuatro paredes café con leche, tras la trinchera de un escritorio de madera sólida y marrón. La insignificante atención que le profesaba su segunda esposa, daba a Martín la posibilidad de visitar el mostrador de Mercedes con asiduidad. Dos o tres veces cada mañana se acercaba a la oficinita municipal para “peticionar” algún trámite. En ocasiones fragmentaba una sola gestión en varias minúsculas para poder reiterar sus visitas.
Desde la cornisa del mostrador, Martín se asomaba por largos ratos para observar el abismo de Mercedes que iba y venía “cumplimentando” sus faenas sin evidenciar agotamientos y sin descender su vitalidad. A veces, un ademán de suspiro o un sonrojar de cachetes conspiraban contra su imagen de indeclinable e incombustible.
Los compañeros de trabajo de la mujercita no le guardaban rencor ni envidia (sentimientos habituales para los inhabituales empleados públicos eficientes). Porque su hermosura de ranita-princesa traviesa, despertaba admiración y hasta contagiaba. El mismísimo Herminio Hernández, un recalcitrante ocioso digno de un premio a la inoperancia profunda, renunciaba a los cafés de media mañana y al apócrifo ordenamiento de papeles, para no desarmonizar con tanta encantadora actitud.
Martín, en cada asomo a la cornisa del mostrador pergeñaba tácticas y diligencias para sentir el vértigo derivado de ese abismo. La revolución es un abismo.
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Qué decir de la alegría de nuestro pánfilo enamorado cuando se cruzó con Mercedes fuera del ámbito burocrático y la incitadora de rebeliones lo llamó por su nombre: “Sr. Martín, para mañana estará lo suyo”. Y Martín se sintió exclusivo, muy tenido en cuenta, mencionado y pensado. Con mayor razón se manifestó exultante cuando al otro día de ese inusual encuentro, viéndolo llegar por los recovecos de la casa municipal, Mercedes dio una enjundiosa media vuelta hacia los anaqueles dejando ver sus muslos debajo de su pollera larga y danzante y le alcanzó un alto de papeles y, como si lo hubiese estado esperando, le dijo: “acá esta lo suyo Sr. Martín”.
Para esos entonces Martín había mandado a sus oprimidos órganos hacia el monte de su existencia. Pretendía unir con éstos a los órganos de Mercedes que, pareciendo menos oprimidos, resultarían más fuertes. Y así, todos juntos, procurarían acabar con Ester (cara visible de la espuria democracia) y con toda su contable familia que poseía el verdadero poder tan tiránico y monopólico como lo había sido la dirección de la malograda María Elena.
Un paso atrás resultó el episodio ocurrido un tiempo después: Martín llegó jubiloso para cumplir con su labor en el mostrador preferido. Al buscar la sonrisa de Mercedes y su canoro buen día, la vio ejecutar una enjundiosa media vuelta hacia los anaqueles dejando ver sus muslos debajo de su pollera larga y danzante, y estiró sus brazos con un alto de papeles diciendo: “acá está lo suyo, Sr. Bermudez”, dirigiéndose al gestor Carlos Bermúdez que esperaba alegre en el mostrador preferido de Martín.
“¿Es que Mercedes era igual con todos?; ¿Así se desempeñaba siempre?; ¿Era siempre tan simpática, linda, eficiente y… linda?”, masculló Martín desde su cerebelo que ordenó inmediatamente a los demás órganos que se replegaran y detuvieran el operativo revolucionario. Éstos acataron la orden sin oponer condiciones y se congelaron. Martín se enfermó. Sólo su corazón empujaba pero era insuficiente. Sus camaradas estaban resueltos a darle la espalada: decepcionados.
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Martín no fue a trabajar por unos días. Para colmo de males, la horripilante Ester lo colmó de mimos pues, con sobornos de té con limón y bifes sin grasa, intentaba sin saberlo (los monigotes mandatarios de Estados oprimidos operan en la ingenuidad) sofocar cualquier intento de levantamiento para mantener la pantanosa demagogia desoladamente impoluta.
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Pero Martín se repuso. Después de una semana, a pesar de no sentirse del todo bien, decidió volver al trabajo. ¿Gracias al té, al limón, a los bifes, y a la ausencia de lípidos? No: Gracias a un acalorado discurso cardiovascular que demostró con creces la impostergable necesidad de arrancar de raíz al régimen imperante nacido bajo las inauditas sombras del neoliberalismo. El discurso fue tan elocuente que la falange orgánica martinista recuperó su posición en los montes y avanzó en procura de conseguir la adhesión de las vísceras mercedinas que, con fortaleza e intelecto, coadyuvarían a llevar a cabo el cambio político postergado por tantos años de historia.
A las 7:30 AM, Martín se paró en la cornisa de su mostrador preferido y alcanzó a ver como se deslizaba, desapareciendo por atrás de una biblioteca, el extremo de la pollera de Mercedes…
– ¿Qué necesita Sr.?– preguntó Herminio Hernández.
– Es por el… es por el trámite que… ¡Mercedes sabe bien! ¿Podré hablar con ella?– dijo Martín, mientras su falange orgánica esperaba agazapada.
– Mercedes no trabaja más acá.
– Pero acabo de verla pasar por allá– señaló Martín con el dedo guiado por el comandante estriado que bombeaba a toda velocidad.
– Y no la verá más– dijo Hernández inclemente– vino por sus cosas y ahora sube. Sube porque fue ascendida. Sube al quinto piso. Con los jefes. A donde nadie tiene acceso… Bueno, Usted imposible. Dígame qué quiere y yo le soluciono.
Pero Hernández no podía solucionar nada. La estela de Mercedita y su pollera larga se habían ido sin siquiera escuchar las sugerencias de los rebeldes martinistas. Y es que no los había advertido; o sí, o quién sabe.
Lo cierto es que el régimen demagogo de Ester se mantiene inalterable y, ante semejante fracaso, los órganos de Martín no se dejarán llevar de corazonadas nunca más. Porque la revolución es imposible. Más vale vivir con los pies en la tierra, qué joder. Y en la comodidad imperturbable de este sistema se sobrevive, aunque sea igual de malo que el anterior (con una que otra diferencia de detalles) y que los por venir.