Arte Poética

A ella

Ella hizo estragos en mí

(y yo hice estragos con ella):

un orden perverso engendra

manipula la belleza

y mata.

 

Tras ella intento seguir

y ella me acosa primero,

me ciega, me inyecta un fuego

que dilata mis deseos

y me mata.

 

Mis deseos son así

cuando ella toma mis años:

desenvaino mis más bajos

engaños y desencantos

y mato.

 

No queda opción que morir

mientras voy envuelto en ella,

en su acoso, en su belleza,

su magnánima presencia,

y vivo.

 

 

Reincidencia (relajado)

                                                                                                        “para la misma y vieja…”

 

Quién pudiera arrebatar de un solo

y pesado movimiento estrafalario

los días que cobija el calendario

que gasto en olvidarte y que no logro,

 

pues vuelves en las formas más insomnes;

te insertas como un filo talentoso

dejando un cráter rojo, en ese pozo

reposas y susurras igniciones.

 

Las alas del olvido son alones

de avejentados gallos remolones.

Tu imagen vuela, en cambio, a gran altura

 

mirándome y mirándome con celo;

en días como hoy hasta en los pelos

la siento aterrizar con tu hermosura.

Tentativa de soneto

                                                                                            “para la que anoche

                                                                                  dejó vestido en reproches

                                                                                                 a la luna, al Poeto”

 

Emblema del espanto es tu ausencia,

 ardor de las entrañas, y mis ojos

expulsan a cascadas sus despojos.

Resulta ser en vano mi existencia

 

Surgieron por doquier las mil dolencias

que adhieren a mi alma como abrojos

cada vez que te vas, y son manojos

de vientos del sur mis apetencias.

 

La noche que no estás se vuelve cena

de pérfidos tiranos invisibles

que torturan con dagas de tristeza.

 

Me veo dándole labios a la pena.

Si quieres que esté vivo y ostensible

preciso es que vuelvas con presteza.

Diez

                                                                                   Si supieras  lo patético que te ves

                                                                                   susurrándome poemas al oído

 

Diez    de   cada  nueve  esclavos   hacen

nudo   al   cuello   de   forma  triangular.

El      resto      es      negativo,     invisible,

básicamente   inexistente. El amo se la

da  de invisible pero yo lo veo en todas

partes         oprimiendo,        torturando,

humillando,  asesinando.  El amo  no es

incoloro,   es beige.   No es  inodoro, es

caca.    No   es   insípido,    es     amargo.

Y no duerme——————————-

Amor conjugado

                                                                                                            A la eficiente Mercedes

                                                                     y a su ascendente Carrera administrativa:

                                                                                        “Qué dulce encanto tiene tu…”  y

                                                                     ”…quién fuese abrigo pa’ andar contigo…”

…………..

 

 Cómo hacer para que

en esta multitud de sillas

y mostradores quepan

esta oportunidad de acercarme

esta necesidad de acercarte

esta necedad de corresponder

mi bosquejo de halago con

tu ademán de suspiro.

 

Que

 

mi sobre lacrado

mi “ella entró por la ventana del baño”

mi inquebrantable

sueño compartido

 

no se condicen con

 

tu luna llena

tu indescifrable soledad

tu anémica dermis

tu juventud develada

tu impoluto segmento de bache a bache,

 

ni con

 

su estanca omnipresencia

de africana

nariz blanca

 

ni con

 

nuestra minusválida coincidencia

 

ni con

 

sus tontas condescendencias

 

ni con

 

sus virtuales desaprobaciones.

 

No sos lo que amo pero

estabas estás

estuviste

estarás

ahí.

A la M

                                                              A la M

Qué horrór qué estés así,                                       d

Qué horrór.                                                                  e

Té quedás de piérnas cruzádas,                           M

lá cabéza bájo ríMel,                                                 a

dándo tú único frénte                                               r

esférico y dorsál                                                          i         a

hácia cualquiér púnto dél univérso.                   a       

Qué horrór qué estés así                                           n        s

qué nó Mé vés viéndote                                            o        u

bóbo, fosilizádo, expuésto dé piés y Mános,                   

balanceándoMe dé izquiérda a izquiérda.          d       M

______________                                                         e        e

Qué horrór, qué horrór qué horrór,                                M

Qué pérfida insoléncia.                                                M       o

Lá heláda á tú Mercéd                                                    i         r

cúMple él Mandáto                                                          l         i

dé tú intachable estár.                                                    i         a

Qué horrór Matár así.                                                     t

 ________________                                                     a

Qué horrór, qué horrór qué horrór:                        n

Tú sórdida indiferéncia                                                  c       

y Mí ináne sensibilidád                                                   i

Nó difiéren deMasiádo.                                                  a

Qué horrór Matár así

Con la dedicatoria al cuello

Ok. La poesía tiene un alto contenido personal. Una naturaleza subjetiva que la acribilla de parte a parte. En los principios del poeta, su personalidad se confunde con la de la poesía. Pero a medida que aquél madura, la personalidad de ésta lo rebasa. Su subjetivo carácter, el estado de ánimo que le da vida pertenece sólo a veces al poeta, pero generalmente a un tercero, a otro. El poeta es aquél que tiene el talento y las ganas de escribir un poema con el estado de ánimo de otro. La poesía pende, vive, está siempre al caer desde los estados de ánimo hacia los lectores. Y el poeta, al que no le pertenece ni su génesis ni su destino, queda solo sin sus hijos. Porque el poeta es madre, es agua aire tierra y sol. Y la semilla del ánimo crece en su vientre que pare la escritura, para que después crezca y se vaya hacia todos, hacia los demás. Ser poeta es un acto de prodigalidad

Como todo pródigo merece su egoísmo, he buscado la manera de mantener a algunos de mis hijos siempre a mi alcance. Como una madre metida, como una suegra, he encontrado en la dedicatoria, la cuerda que puede conseguir aunque sea de a ratos, mantener a ciertos poemas dentro de mi órbita. Los poemas siempre serán libres, las dedicatorias me pertenecen. Nacen así los  “poemas sueltos con dedicatoria atada”, para que algunos de mis engendros vuelvan  a casa cuando más los necesite.

La última desaparición

Parece ser que el frío sobreviene a las desapariciones porque, ahora que no me veo ni me toco, estoy helado.

Sepan que desaparecer no es solamente hacerse invisible sino que, lo que ocurre, es una desintegración de la masa corpórea.

Pero hay que aprender a no asustarse, a reconocerse en esa inexistencia que implica estar desaparecido. A mí, estas desapariciones no me son nuevas y por eso ya no me asusto. Pero hoy estoy desaparecido, y el vacío que dejo es el polo.

Lo que nunca pude saber es qué soy cuando desaparezco: Si un pensamiento, si un desecho de mi pasado, o una muerte que me toma por sorpresa.

La primera vez que desaparecí sufrí muchísimo, es cierto, pero la última desaparición es siempre la peor, la más dolorosa y ésta, la de hoy, me cala hasta los huesos. Es el frío más intenso y frío que he sentido jamás. Y uno no se puede ni abrigar, porque careciendo de masa corpórea y sin tener alguna otra naturaleza sustentable, cualquier abrigo es inútil.

En algunas ocasiones he probado acercarme a un calefactor o a un fueguito, pero es que, no habiendo nada para calentar, las energías calóricas pasan por sobre mi espacio con total indiferencia. Sin embargo yo me estoy muriendo de frío.

La frecuencia de mis desapariciones es incierta. Alguna vez pensé que me ocurrirían cada vez más seguidas, pero me pasé todo el 1983 sin desaparecer. En otra ocasión (abandonando ya el concepto de frecuencia) se me ocurrió pensar que era necesario siempre un espacio de tiempo entre desaparición y desaparición. No obstante el 10 de diciembre de 2001, cuando el ciclo de reintegración comenzaba a calentarme, sobrevino una nueva desaparición que me arrojó de bruces a ese invierno que es estar desaparecido.

La misma incertidumbre tengo respecto de la duración de mis desapariciones. A veces duraron un año, a veces más; otras se continuaron en fila india y, si bien separadas parecían más bien cortas, juntas, una detrás de otra, se constituyeron en desintegraciones enormes con sus respectivos fríos congeladores. He tenido también desapariciones de segundos, o de un segundo, o de menos.

Ahora estoy desaparecidamente desaparecido. Hacía por lo menos seis meses que no me ocurría, pero de pronto me desintegré y me enfrié. Es esta también la desaparición más larga que he tenido como unidad. Llevo cuatro años desaparecido, y en mis lugares no están mis cosas ni mis amores. Me paseo como un montón de frío por entre medio de realidades ajenas, como un mazacote de vacío, como una resaca sobrevenida al desamor.

Tal vez haya desaparecido para siempre. Me hace frío, demasiado frío y me extraño muchísimo.

New York – O8/12/1980

David tomó su cayado, escogió en el torrente cinco piedras

 bien lisas y las metió en su zurrón de pastor; tomó la Honda

y avanzó hacia el filisteo.

(Antiguo Testamento. Primer libro de Samuel – 17,40)

 

Pre-metamorfosis

 Concavidad clara pero no nítida. Azul amarronada grisácea. Para abajo todo, para arriba lo desconocido, (¿la nada?), lo perfecto, lo estentóreo, lo irrefutable, la intratable corporeidad de la esencia de lo que no es. Para abajo todo: lo azul imperfectamente marrón y grisáceo, con aleteos marchitos pero tercos que buscan siempre la primavera. Unas máquinas vuelan pero no aletean, no buscan primavera sino destino rozando monstruosos prismas que avergüenzan al mejor Babel. Heladísimo filo acribilla  lo de abajo y sensibiliza los huesos. Aspirar salud: imposible. El olor es rancio, pesado, denso, nicotina, alquitrán y monóxido. Bochornoso bochinche musicaliza este todo, chillidos infernales emergen de máquinas terrestres, alaridos desbocados confunden la justicia con la pasión, las máquinas voladoras se esfuerzan por ulular sin pasar desapercibidas, los aleteos hacia la primavera son sordos y mudos. Infierno atractivo es este abajotodo.

 El hombre

Tiempo compartido saturante. Me queda sólo la lascivia. Lo demás lo he perdido. Necesito dejarte, espantarte. Necesitás morirte, renacer. La calefacción es un celador tirano y descortés. Debo escapar. Surgir de entre el cemento todo verde, con el pelo hasta el zapato, vida pura. Me voy amor. Hoy únicamente amor; sin el “mi”: hoy de cualquiera. Amor de todos pero no mío, sin exclusivos. Hasta después (…)

Adhiero a mi doble fantasía y sigo. Ciudad caminada. Hasta el fin. Plenamente caminada. Sin zapatos ni medias. Con el cielo y los árboles. Contra el viento y la marea. Desapareciendo puertas y abriendo ventanas. No a la suerte que me toque, sí al camino que camino. Ciudad caminada, te entendí caminando. El cansancio es Dios pero aparecerá más tarde (…)

 Inicio de la metamorfosis

La concavidad clara pero no nítida solía verse constante, uniforme. Ahora ya no: Un degradé viaja desde un blanco refulgente hasta los restos de lo azul marrón grisáceo. Los monstruosos prismas mantienen la forma pero la materia es ahora endeble. Los aleteos, las máquinas voladoras, el humo y la ceniza permanecen incólumes. El heladísimo filo es más heladísimo aún y augura un final ártico. El olor es, a lo largo de la mutación, lo único inalterable (rancio, pesado, denso, nicotina, alquitrán y monóxido). La música de fondo ha subido el volumen al máximo. Infierno atractivo es este abajotodo.

 El gigante

Lo más lindo del otoño es diciembre. Lo más lindo de diciembre el frío; lo más lindo del frío es esta tarde en la que he depositado mis huesos sobre el banco del parque para poder temblar. Temblar sin querer estar en otra parte. Consumir vientos y grises fuera de la economía de mercado. Pensar en todas y gemir nostalgias sin culpa ni arrepentimientos. Temblar… desde el pelo hasta la planta de los pies, temblar. Mirar los patos del lago sin desear hornearlos. Temblar como el agua; como las hojas (como los patos no). La trémula, helada y apacible tarde y yo estamos a pie firme y cuerpo tembleque, pero a pie firme. Temblamos,  es cierto, mas no de miedo… nunca jamás de miedo. Temblamos de gusto y a gusto (…)

 Continuidad de la metamorfosis

Un incendio hacia un extremo, un océano hacia el otro. No más degradé. El rojo y el azul oscuro se disputan la hegemonía sobre la concavidad. Los monstruosos prismas se han deshecho de su materia y su forma ahora es confusa. Tal vez un prisma, pero tal vez otra cosa. Se han extinguido los aleteos que buscaban primavera. Fracasaron. Las  máquinas voladoras habrán forjado su destino. El Ártico está de visita (sin hielo). El olor. La música pasó de enloquecedora a un ameno murmullo. Infierno atractivo es este abajotodo.

 El poeta

Andaba distraído y apareció Dios. En los asfaltos, las cunetas, los baches, los hormigones, los postes de luz, la urbanidad toda. He leído, releído y aun sigo leyendo pero no entiendo. Puedo decir solamente que me gustan demasiado las palabras revoluciones, ideologías, pluma, acordes, frente, espacio, sonrisa, luz, mirarlo, extraño. Me desagradan, en cambio, riesgo, valiosas, productividad, actual, tiempo, colaborado, cordialmente, estimado, pretendo, confesarle. Los vaivenes de las calles me absorben desde el neumático para arriba. Diciembre sigue con su frío, y la poesía me empuja hacia el abismo de mi yo. En esta tarde azul hielo, me siento triste. La euforia de los patos del parque ha cedido ante esta extrema y punzante melancolía del transporte público de pasajeros. Corto paso el de la euforia a la tristeza. ¿Por qué ambas incitan a la poesía? (…) 

 Metamorfosis consumada

Ni el azul ni el rojo. El negro ha asomado violentamente y ha exiliado a los dos. Oscura, letal, tenebrosa concavidad. Otra vez uniforme. Los monstruosos prismas se han deshecho de su materia y su forma. Los monstruosos burladores de Babel son ahora nada. Silencio pesado desabriga todo. Y en medio del  olor rancio, pesado, denso, nicotina, alquitrán y monóxido, un primer estampido, y luego otro, y luego otro, y otro más, y otro, y otro.

 El fin

Because and in the end, the love you take is equal to the love you make, sálvate de la belleza, del horror, de la sísmica ingratitud de existir sin saber cómo y de dejar de hacerlo con absoluta certeza. Sálvate de todo pues de la nada es imposible. Sálvate antes que sea demasiado tarde.

Carrera Administrativa

¡Ay!, ¡quién fuese abrigo pa´ andar contigo!

 

Frente a sus obligaciones laborales en las oficinas de la municipalidad, Mercedes se mostraba ansiosa, responsable, eficiente y extrañamente cumplidora. Eso resultó pésimo.

Lo demás estaba bien: se sonreía en forma cristalina, agarraba la tasa de café con las dos manos blancas de dedos cortos y rellenitos, revisaba el papelerío con la parte de atrás de la lapicera sujetada con los labios; hacía una mueca de vaivén de boca cuando se le preguntaba algo que le exigía un esfuerzo de memoria, se manifestaba encantadoramente nerviosa cuando no podía resolver algo con premura y limpiaba el parabrisas de los aires bajos con un acelerado sacudir de su pie derecho. Su peinado no muy riguroso de  estrictas siete treinta, terminaba por convertirse en tormentoso rodete acribillado por un lápiz negro a eso de las once. Y los ojos veinteañeros en esa humanidad con diez años más fomentaban la sonrisa educada del perdido Martín.

El perdido Martín era viudo desde los veintiséis. Secretario y chico de los mandados de un estudio contable por imposición hereditaria, tenía el espíritu lánguido y, por ello, vivía sin mayores expectativas.

Lamentablemente no sólo era viudo desde los veintiséis sino que además era reincidente de matrimonio a los cuarenta. ¿Que qué había sido peor? Rebelarse por única vez en su vida de la atmósfera progenitora para casarse con la extinta y matemática María Elena o sucumbir ante los nulos encantos de su novia de la niñez que, excelente profesional del  derecho, con prominentes erupciones en la cara y vista escasa a pesar de los anteojos se dejaba llamar, sin pudor alguno, Ester.

Martín, con el alma en mal estado y flatulenta no esperaba ni siquiera la muerte. Su rebeldía de veintitrés años había resultado equivocada e infructuosa y, cuando un aneurisma milagroso había acabado con la totalitaria María Elena, la Demagogia familiar, la tiranía disfrazada de democracia de Ester y la debilidad popular de su esencia lo habían hecho caer en este nuevo régimen igual que el anterior, que el anterior y que el anterior.  Este Estado Latinoamericano que era Martín no esperaba la muerte ni estaba preparado para morir. Sólo se le permitía ver pasar sus días en manos de ajenos y estar a merced de un milagro. Pero no como el asesino aneurisma (sólo un golpe de suerte), sino un milagro de verdad. Un milagro liberador pero a la vez fortalecedor de su espíritu pueblo: una revolución.

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 Ester cuidaba todo el tiempo de su esterilidad y su frigidez entre cuatro paredes café con leche, tras la trinchera de un escritorio de madera sólida y marrón. La insignificante atención que le profesaba su segunda esposa, daba a Martín la posibilidad de visitar el mostrador de Mercedes con asiduidad. Dos o tres veces cada mañana se acercaba a la oficinita municipal para “peticionar” algún trámite. En ocasiones fragmentaba una sola gestión en varias minúsculas para poder reiterar sus visitas.

Desde la cornisa del mostrador, Martín se asomaba por largos ratos para observar el abismo de Mercedes que iba y venía “cumplimentando” sus faenas sin evidenciar agotamientos y sin descender su vitalidad. A veces, un ademán de suspiro o un sonrojar de cachetes conspiraban contra su imagen de indeclinable e incombustible.

Los compañeros de trabajo de la mujercita no le guardaban rencor ni envidia (sentimientos habituales para los inhabituales empleados públicos eficientes). Porque su hermosura de ranita-princesa traviesa, despertaba admiración y hasta contagiaba. El mismísimo Herminio Hernández, un recalcitrante ocioso digno de un premio a la inoperancia profunda, renunciaba a los cafés de media mañana y al apócrifo ordenamiento de papeles, para no desarmonizar con tanta encantadora actitud.

Martín, en cada asomo a la cornisa del mostrador pergeñaba tácticas y diligencias para sentir el vértigo derivado de ese abismo. La revolución es un abismo.

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 Qué decir de la alegría de nuestro pánfilo enamorado cuando se cruzó con Mercedes fuera del ámbito burocrático y la incitadora de rebeliones lo llamó por su nombre: “Sr. Martín, para mañana estará lo suyo”. Y Martín se sintió exclusivo, muy tenido en cuenta, mencionado y pensado. Con mayor razón se manifestó exultante cuando al otro día de ese inusual encuentro, viéndolo llegar por los recovecos de la casa municipal, Mercedes dio una enjundiosa media vuelta hacia los anaqueles dejando ver sus muslos debajo de su pollera larga y danzante y le alcanzó un alto de papeles y, como si lo hubiese estado esperando, le dijo: “acá esta lo suyo Sr. Martín”.

Para esos entonces Martín había mandado a sus oprimidos órganos hacia el monte de su existencia. Pretendía unir con éstos a  los órganos de Mercedes que, pareciendo menos oprimidos, resultarían más fuertes.  Y así, todos juntos, procurarían acabar con Ester (cara visible de la espuria democracia) y con toda su contable familia que poseía el verdadero poder tan tiránico y monopólico como lo había sido la dirección de la malograda María Elena.

Un paso atrás resultó el episodio ocurrido un tiempo después: Martín llegó jubiloso para cumplir con su labor en el mostrador preferido. Al buscar la sonrisa de Mercedes y su canoro buen día, la vio ejecutar una enjundiosa media vuelta hacia los anaqueles dejando ver sus muslos debajo de su pollera larga y danzante, y estiró sus brazos con un alto de papeles diciendo: “acá está lo suyo, Sr. Bermudez”, dirigiéndose al gestor Carlos Bermúdez que esperaba alegre en el mostrador preferido de Martín.

 “¿Es que Mercedes era igual con todos?;  ¿Así se desempeñaba siempre?; ¿Era siempre tan simpática, linda, eficiente y… linda?”, masculló Martín desde su cerebelo que ordenó inmediatamente a los demás órganos que se replegaran y detuvieran el operativo revolucionario. Éstos acataron la orden sin oponer condiciones y se congelaron. Martín se enfermó. Sólo su corazón empujaba pero era insuficiente. Sus camaradas estaban resueltos a darle la espalada: decepcionados.

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 Martín no fue a trabajar por unos días. Para colmo de males, la horripilante Ester lo colmó de mimos pues, con sobornos de té con limón y bifes sin grasa,  intentaba sin saberlo (los monigotes mandatarios de Estados oprimidos operan en la ingenuidad) sofocar cualquier intento de levantamiento para mantener la pantanosa demagogia desoladamente impoluta.

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 Pero Martín se repuso. Después de una semana, a pesar de no sentirse del todo bien, decidió volver al trabajo. ¿Gracias al té, al limón, a los bifes, y a la ausencia de lípidos? No: Gracias a un acalorado discurso cardiovascular que demostró con creces la impostergable necesidad de arrancar de raíz al régimen imperante nacido bajo las inauditas sombras del neoliberalismo. El discurso fue tan elocuente que la falange orgánica martinista recuperó su posición en los montes y avanzó en procura de conseguir la adhesión de las vísceras mercedinas que, con fortaleza e intelecto, coadyuvarían a llevar a cabo el cambio político postergado por tantos años de historia.

A las 7:30 AM, Martín se paró en la cornisa de su mostrador preferido y alcanzó a ver como se deslizaba, desapareciendo por atrás de una biblioteca, el extremo de la pollera de Mercedes…

 – ¿Qué necesita Sr.?– preguntó Herminio Hernández.

– Es por el… es por el trámite que… ¡Mercedes sabe bien! ¿Podré hablar con ella?– dijo Martín, mientras su falange orgánica esperaba agazapada.

– Mercedes no trabaja más acá.

– Pero acabo de verla pasar por allá– señaló Martín con el dedo guiado por el comandante estriado que bombeaba a toda velocidad.

– Y no la verá más– dijo Hernández inclemente– vino por sus cosas y ahora sube. Sube porque fue ascendida. Sube al quinto piso. Con los jefes. A donde nadie tiene acceso… Bueno, Usted imposible. Dígame qué quiere y yo le soluciono.

Pero Hernández no podía solucionar nada. La estela de Mercedita y su pollera larga se habían ido sin siquiera escuchar las sugerencias de los rebeldes martinistas. Y es que no los había advertido; o sí, o quién sabe.

Lo cierto es que el régimen demagogo de Ester se mantiene inalterable  y, ante semejante fracaso, los órganos de Martín no se dejarán llevar de corazonadas nunca más. Porque la revolución es imposible. Más vale vivir con los pies en la tierra, qué joder. Y en la comodidad imperturbable de este sistema se sobrevive, aunque sea igual de malo que el anterior (con una que otra diferencia de detalles) y que los por venir.

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